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Since 1732, the Redemptorists — a congregation of missionary priests and brothers — have followed in Jesus’ footsteps, preaching the Word and serving the poor and most abandoned.
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Friday

Lent, day 3: Friday after Ash Wednesday

Isaiah 58:1-9; Psalm 51; Matthew 9:14-15

Today in our Gospel reading, Jesus defends his disciples’ right to celebrate the goodness of God in their lives. Eating and drinking are indeed a sign of the presence of God, and this brief passage calls us to look for God’s grace present in our world and our lives.

Fasting, then as now, is a sign of penance and sorrow for sin. In the process of fasting, we are making up for our faults and trying to reset our lives. Fasting and making Lenten sacrifices should make us more responsive to God’s presence in our lives.

In today’s passage from Matthew, as in many Gospel encounters, the Pharisees and others—in this case the followers of John the Baptist—favor regulations and rules that can get in the way of the pursuit of genuine holiness and wholeness.

This God in Jesus is doing a new thing. He is not tearing down all structures but clearing the path to God of any obstacles that may be there.

We pray in today’s psalm: “A humble and contrite heart you will not spurn” (Psalm 51:19). Fasting, sacrifice, and prayer during Lent should lead to a humble and contrite heart; this is what the Lord wants.

This is similar to the Ash Wednesday proclamation: “‘Rend your hearts, not your garments,’ says the Lord!” (Joel 2:13).

Father Raymond Collins, C.Ss.R.
Philadelphia


8 de marzo, viernes después del Miércoles de ceniza

Isaías 58:1-9; Salmo 51; Mateo 9:14-15

Hoy, en nuestra lectura del Evangelio, Jesús defiende el derecho de sus discípulos a celebrar la bondad de Dios en sus vidas. Comer y beber son sin duda una señal de la presencia de Dios, y este breve pasaje nos invita a buscar la gracia de Dios presente en nuestro mundo y nuestras vidas.

El ayuno, antes como ahora, es un signo de penitencia y pesar por el pecado. En el proceso del ayuno, compensamos nuestras faltas e intentamos restablecer nuestras vidas. Ayunar y hacer sacrificios de Cuaresma debería hacernos más sensibles a la presencia de Dios en nuestras vidas.

En el pasaje de hoy de Mateo, como en muchos encuentros del Evangelio, los fariseos y otros—en este caso los seguidores de Juan el Bautista—están a favor de las normas y las reglas que pueden entrometerse en el camino de la búsqueda de la santidad y la plenitud auténticas.

Este Dios en Jesús está haciendo algo nuevo. No está derribando todas las estructuras, sino despejando el camino hacia Dios de cualquier obstáculo que pueda haber en él.

Rezamos en el salmo de hoy: “No despreciarás un corazón humilde y arrepentido” (Salmos 51:19). El ayuno, el sacrificio y la oración durante la Cuaresma deberían conducir a un corazón humilde y arrepentido; esto es lo que quiere el Señor.

Esto es similar a la proclamación del Miércoles de Ceniza: “‘rasgar vuestros corazones, no vuestras vestiduras,’ dice el Señor” (Joel 2:13).

Padre Raymond Collins, C.Ss.R.
Philadelphia

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